Fallas del sistema: qué hay detrás del ascenso de Jair Bolsonaro

¿Cómo es que un apologista de la tortura y la dictadura se volvió un serio aspirante a la presidencia de Brasil?

Escribe Brian Winter*

Era una soleada mañana de martes en Rio de Janeiro y Flávio Bolsonaro, hijo del candidato presidencial ultraconservador de Brasil, me explicaba pacientemente por qué la tortura está bien.

“Te voy a dar un ejemplo”, señalaba. “Yo tengo dos hijas pequeñas, de tres y cinco años. Si delincuentes secuestran a mi hija y me envían un pedazo de su oreja, o un pedazo de dedo a mi casa, y la policía atrapa a uno de estos criminales de una banda de secuestradores, y él no le dice dónde la tienen… ¡Yo voy de voluntario a torturar a ese tipo!”

“Yo no estoy a favor de la tortura como política de estado, pero en ciertas situaciones cualquier ser humano…” Su voz se desvanece. “Tú sopesas cuál es el valor más importante en tu vida: ¿es tu hija, o el derecho a permanecer callado? ¿Me entiendes?

Esto es Bolsonaro: una sombría y apocalíptica visión de la ley y el orden. Un guiño inteligente, posiblemente sincero, a la convención de la democracia “No estoy a favor de la tortura, pero…” Y un mensaje simple y fácil de entender que, en un país con 19 de las 50 ciudades más violentas del mundo, hace que incluso algunos brasileños moderados digan: ¿Saben qué? ¡Él puede estar en lo correcto!

Es un mensaje que horroriza a defensores de los derechos humanos y de la democracia, así como a aquellos que dicen que hay maneras más efectivas (y legales) de luchar contra el crimen. Pero sin duda ha ayudado a que los Bolsonaro se conviertan en la más exitosa familia de la política brasileña, al tiempo que gran parte de Latinoamérica y el mundo experimentan una explosión del nacionalismo y un fervor anti-establishment.

Flávio, de 36, es un legislador estatal en Río. Carlos, de 35, es un concejal de la ciudad. Eduardo, de 33, es un diputado federal por Sao Paulo. Pero el personaje principal es el pilar de la familia, Jair, un capitán del ejército retirado y congresista de 62 años de edad. Hace solo dos años fue ampliamente satirizado como un espectáculo secundario vergonzoso y lleno de odio, pero hoy es un candidato importante para convertirse en el próximo presidente.

Las encuestas para las elecciones de octubre lo colocan en segundo lugar, con cerca de 20 por ciento de la intención de voto, suficiente para ir a una segunda vuelta en un fragmentado y aún inestable escenario. Entre los brasileños más adinerados, los votantes con mayor nivel educativo, Bolsonaro es -créalo o no- el candidato preferido por un amplio margen, dicen las encuestas. El electorado entre 18 y 25 años lo adora más que a nadie.

Los hijos de Bolsonaro, Eduardo, Flávio y Carlos, de izquierda a derecha, también son políticos.

En los últimos meses de 2017 pasé varias horas entrevistando a los Bolsonaro y a sus seguidores, tratando de entender el sorprendente ascenso de la familia y las fuerzas que se mueven detrás de ellos. En medio de eso, estoy seguro de que fui acusado de “normalizar” sus puntos de vista por aquellos que insisten en que los medios deberían “negarle una plataforma” a las voces más intolerantes de nuestra política. A lo que yo respondería: ¿Cómo resultó eso con Donald Trump? Fue sólo después de las elecciones del 2016 que los estadounidenses liberales buscaron el libro Hillbilly Elegy y crónicas similares para entender Appalachia, el Rust Belt  y otras áreas problemáticas del país para entender las claves de su victoria. Para quienes están enojados de que tenga sentido una versión brasileña de este fenómeno ahora, antes de votar, bienvenidos. Esta historia es para ustedes.

¿Qué fue lo que encontré? La hipótesis más obvia, que Bolsonaro es parte de una tendencia global que nos dio a Trump, el Brexit y a otros nacionalistas de derecha como el australiano Sebastian Kurz, es verdad en varias formas, pero se derrumba en otras. Realmente, los Bolsonaro son principalmente un fenómeno brasileño, un producto no solamente de la severa crisis económica, institucional y criminal que vive el país desde el 2014, sino también de su éxito en la década previa. Y a riesgo de develar el final, llegué a la siguiente conclusión por encima de todo: Jair Bolsonaro puede ganar. Absolutamente puede ganar.

El encanto del truhán

Para sus seguidores, mucho del atractivo de Bolsonaro descansa en sus orígenes: católico, nacido en un pequeño pueblo en el seno de una familia trabajadora, y de maneras caballerosas en cuanto a las reglas y el decoro. “Jair tiene la mente de un brasileño promedio”, dijo Rodrigo Sias, un economista de Río cercano a la familia. “Y la gente sencillamente ama eso”.

Nacido en 1955 en un pequeño pueblo del estado de Sao Paulo, sus padres originalmente querían llamarlo “Mesías”, pero un vecino sugirió “Jair” como un famoso mediocampista de la selección de fútbol de Brasil, así que Mesías quedó como su segundo nombre. El padre de Jair practicaba la medicina pero no tenía entrenamiento profesional, algo común en esa época aunque ilegal. La familia anduvo de aquí para allá mientras el padre buscaba un lugar para trabajar en paz. Terminaron finalmente en Eldorado Paulista, un pueblo bananero sobre el Atlántico selvático. Ocasionalmente había tiroteos en la plaza del pueblo, lo que llevaba a Jair y sus cinco hermanos a refugiarse debajo de la cama de sus padres.

Bolsonaro visita una feria de seguridad y defensa en Rio de Janeiro.

Cuando estaba terminando la dictadura en Brasil (1964-1985), Bolsonaro se enlistó como paracaidista del ejército y comenzó a subir en la escala social… lentamente. Su comandante lo describe como un hombre “de excesiva ambición financiera… carente de lógica, racionalidad y equilibrio”. En 1986, cuando aún estaba en el ejército, Bolsonaro escribió una columna para la prestigiosa revista Veja, criticando los bajos salarios de los militares. El artículo lo llevó a una prisión militar durante 15 días por insubordinación, pero eso también lanzó su carrera política. Se presentaba a sí mismo como un líder de la tropa durante los caóticos e hiperinflacionarios días del régimen civil. Fue electo concejal de Río y congresista en 1991.

Poco después, Bolsonaro comenzó a ganar titulares con una retórica incendiaria: diatribas contra las minorías, nostalgia por la dictadura y un llamado en 1999 para que el presidente Fernando Henrique Cardoso fuera asesinado por haber privatizado activos del estado (una lista parcial puede verse en el recuadro más abajo). Pero aún estaba lejos del poder real, en un Congreso que incluía a un payaso profesional y varios diputados estaban acusados de secuestro y hasta de asesinato, con lo cual no le prestaron mucha atención. “Decía cosas horribles”, dijo Ignacio Cano, profesor de la estatal Universidad de Río de Janeiro y frecuente crítico de Bolsonaro. “Pero era marginal y en gran medida considerado inofensivo”.

Sin embargo, en retrospectiva, Bolsonaro fue construyendo una base de brasileños conservadores que se sentían ignorados o maltratados por el poder político posdictadura. “Era ridículo: los políticos actuaban como si la derecha no existiera para nada”, dijo Beatriz Kicis, una destacada seguidora de Bolsonaro. En la década del 2000 y a comienzos de la de 2010 fue un periodo próspero para Brasil, pero también se produjo una gran expansión del gobierno, un aumento del crimen y escándalos de corrupción bajo el izquierdista Partido de los Trabajadores (PT). En ese clima, las diatribas de Bolsonaro le ganaron admiradores en gran medida de la misma manera que Trump hizo suyo el “birtherismo” y llamó la atención de los norteamericanos conservadores. “Es una legítima revuelta contra aquellos que tienen el control de los medios, la política y la cultura”, dijo Rodrigo Constantino, columnista de Veja.

Aún así, esto no es suficiente para explicar completamente cómo Bolsonaro ha logrado quedar a poca distancia de la presidencia. Para responder este acertijo, tienes que irte a Brasilia.

Negocios de familia

En septiembre pasé dos horas en la oficina que Bolsonaro comparte con su hijo y su colega diputado, Eduardo. Estrecha, escasamente decorada, y protegida del abrasador sol de Brasilia por unas delgadas cortinas, lo cual al principio no parecía importante. Pero las claves estaban ahí.

Primero, cerca de la puerta, un cartel proclamaba “Yo apoyo Lava Jato”, una referencia a la investigación en torno a la estatal compañía petrolera Petrobras que desmanteló más de 5,000 millones de dólares en sobornos, el mayor escándalo de corrupción en la historia de Brasil. Muy cerca, en referencia al juez federal que lleva el caso, un lazo con los colores de la bandera de Brasil que decía “Fe en Moro, fe en Bolsonaro, fe en Brasil”.

El caso Lava Jato, que contribuyó al juicio político a la presidenta Dilma Rousseff en 2016 y ha enviado otros poderosos políticos y magnates a prisión, aún es inmensamente popular en las calles de Brasil a pesar de recientes retrocesos. En una encuesta de octubre, un 94 por ciento de los consultados estuvo de acuerdo en que la investigación debería continuar hasta el final sin importar el costo. En otros sondeos, la corrupción aparece frecuentemente como la principal preocupación del electorado, aún en momentos en que el desempleo está por encima del 12 por ciento y el sistema nacional de salud está colapsado.

Cuando Rousseff fue depuesta, lo que marcó el fin de 14 años de gobiernos del PT, muchos brasileños esperaban que la clase política finalmente hiciera una limpieza. Pero su reemplazo, el presidente Michel Temer, ha sido acusado de crimen organizado y obstrucción de justicia -algo que niega-, y ha escapado él mismo del juicio político. Actualmente tiene un nivel de aprobación de 5 por ciento. Uno de sus principales asesores fue encarcelado luego de que la policía encontrara maletas con 16 millones de dólares en efectivo en un apartamento que utilizaba; otros de sus aliados fueron grabados mientras complotaban para sabotear el caso Lava Jato. El único político prominente que no ha sido implicado es… usted adivinó. En las encuestas del año pasado, el ascenso de Bolsonaro casi ha seguido la marcha del declive de Temer. “Ahora sabemos que él es la única esperanza de un gobierno limpio”, dijo Joao Pereira da Silva, un estudiante que estuvo esperando afuera de su oficina en el Congreso por horas con la esperanza de verlo. “Todos los demás son basura”.

(Nota del editor: Después de que esta edición se enviara a la imprenta, el periódico brasileño Folha de S.Paulo publicó una investigación en la que se alega que Bolsonaro y sus tres hijos habían acumulado por lo menos $4.5 millones en propiedades en años recientes. Bolsonaro negó las acusaciones. El efecto político de esta revelación sigue sin ser claro.)

Esa tarde, vi como uno de los asesores de Bolsonaro colocaba texto en un video para las redes sociales, con el candidato parado enfrente de una bandera de Brasil.

“Hitler?”

“Mussolini?”

“Lo llaman cualquier cosa, pero no corrupto”.

Efectivamente, los Bolsonaro utilizan las redes sociales como otro de los principales ingredientes de su éxito. Bolsonaro tiene actualmente 4.8 millones de seguidores en Facebook, 1.7 millones más que ningún otro candidato presidencial y ocho veces más que Temer. Aparece en videos sonriente y rodeado por jóvenes seguidores, con un tono desafiante contra el establishment, pero imbuido de patriotismo. Durante las dos horas que pasé en su oficina, los ocho asesores de Bolsonaro estuvieron trabajando en redes sociales o en otras plataformas como en grupos de Whatsapp, Twitter, comunicados de prensa y demás. Sus críticos dicen que los Bolsonaro realmente hacen poco trabajo legislativo. Pero en un Congreso que recientemente llegó apenas a un 5 por ciento de aprobación, el más bajo de su historia, esto podría ser visto como una insignia de honor.

En una de estas plataformas y en sus discursos, Bolsonaro ha vinculado la corrupción con el rampante crimen bajo el amplio paraguas del cumplimiento de la ley. Es un mensaje que resuena en un país donde se cometen más de 60,000 homicidios por año y cuya economía se ha contraído 10 por ciento sobre una base per-capita desde el 2014. “Él le dice a la gente jóven, `Conmigo vas a tener un trabajo, un arma, vas a poder caminar por las calles en las noches”, dijo Priscila Pereira Pinto, quien dirige un centro de estudios vinculado a los negocios en Rio de Janeiro. “Los chicos aman eso. Lo hace parecer simple”.

En medio de estas promesas, sus seguidores parecen estar dispuestos a olvidar los pecados del pasado del candidato. Pereira, que vivió años en Nueva York y expresa serias dudas sobre Bolsonaro, lo encuentra sin embargo “muy divertido”. Sias, el economista, calificó sus discursos en general como “malas bromas” que no pueden ser tomadas literalmente. Otros aman a Bolsonaro por arremeter contra lo que describe como una cultura hipersensible, obsesionada por los derechos y que fue impuesta por el PT. Kicis, una fiscal retirada de Brasilia, enumera las quejas desde “ideología de género” hasta “pedofilia legalizada” antes de asegurar que “no hay racismo en Brasil”. Discutimos acerca de esto por un largo rato hasta que finalmente levantó sus manos. “¿Ves, ves? ¡Jair no va a tratar de legislar sobre lo que la gente siente!”

Mientras me preparaba para dejar la oficina de Bolsonaro, un estudiante de 20 años entró y pidió folletos para poder repartirlos en su escuela. “No puedo estudiar a los filósofos cristianos porque los izquierdistas que controlan mi escuela no me dejan”.

“Genial”, dijo Eduardo Guimaraes, el encargado de prensa. Sonrió y miró al joven mientras se iba. “Ahí va otro feliz votante”.

Control de daños

Con su base aparentemente estancada, Bolsonaro ha tratado de atraer a los votantes más moderados que necesitará para ganar una segunda vuelta en octubre. No está claro si tendrá éxito. Una encuesta de diciembre lo mostró con el segundo mayor nivel de rechazo que cualquier otro candidato, solo detrás del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, del PT.  Las mujeres representaban sólo el 36 por ciento de los seguidores de Bolsonaro, según la encuesta. “Es repugnante”, dijo Marta Rondón, vendedora de seguros en Río. “No creo que haya suficientes hombres en Brasil para elegirle presidente”.

A medida que los oponentes de Bolsonaro comienzan a tomarlo más en serio, también han comenzado a hablar más alto. Robson Dias, ex comandante de la policía de Río, me dijo que sus propuestas para aumentar la posesión de armas y darle a la policía “carta blanca” para matar a los presuntos delincuentes “arrojarían al país a un fratricidio aún mayor”. Sérgio Moro, el popular juez que lleva el caso Lava Jato ha emitido varias advertencias recientes sobre el frágil estado de la democracia brasileña, lo que según colegas provocó, al menos en parte, al ascenso de Bolsonaro.

En respuesta, la familia ha insistido en que respetarán las instituciones democráticas y a las minorías. “No está en contra de los homosexuales … está en contra de la agenda LGBT”, me dijo Flávio Bolsonaro, citando una reciente y controvertida exhibición de arte gay en São Paulo. Dijo que su padre impulsaría reformas para dar a la policía mayor libertad para operar, así como sentencias de cárcel más duras. Cuando expresé mi preocupación por la sobrepoblación -la población carcelaria de Brasil ha crecido un 160 por ciento desde el 2000, mientras que se han abierto pocas cárceles nuevas- Flávio se encogió de hombros. “Caben, solo hay que apretarlos un poco más y ellos cabrán”.

Mientras tanto, la familia ha emprendido una ofensiva para conquistar a la comunidad empresarial, incluidos los inversores extranjeros. En una reunión de octubre en Nueva York en el Consejo de las Américas, una de las organizaciones que publica AQ, Jair Bolsonaro esbozó una visión básica para un estado pequeño: las privatizaciones y los impuestos más bajos. (El evento no fue registrado, pero se filtró una grabación de audio a la prensa brasileña). La agenda contrastaba con las declaraciones pasadas de Bolsonaro -al fin y al cabo, una vez había abogado por asesinar a un presidente por las privatizaciones- pero dijo que su punto de vista había evolucionado. “No soy economista”, dijo más de una vez, y prometió nombrar un equipo fuerte de asesores.

Inevitablemente le preguntaron sobre las controversias pasadas, como cuando le dijo a una legisladora en 2003 que “no te violaré porque no lo mereces”. Bolsonaro explicó con calma que ella lo insultó primero, pero también expresó cierto grado de arrepentimiento. “Estaba desubicado”, dijo. “A veces me pierdo con las palabras, y me disculpo”. Sin embargo, Bolsonaro ha alardeado de su declaración desde entonces, e incluso la repitió en el Congreso en 2014, lo que ha llevado a su censura y una multa de 3,000 dólares. Pero en un mundo de indignación efímera donde el video de Trump Access Hollywood (donde habla de que tocó partes íntimas de las mujeres) fue olvidado en dos semanas, me pregunté si una pequeña contrición podría ser suficiente.

Este Bolsonaro, más moderado y conciliador, se mantuvo firme en su mensaje cuando lo entrevisté durante unos 20 minutos después. Cuando le pregunté sobre sus amenazas anteriores de cerrar el Congreso, él las llamó una “figura de discurso” que no permitiría en la práctica. Hizo un llamado por más comercio: “No puedes estar cerrado, como Corea del Norte” y dijo que estaba “preocupado” por la deforestación de la Amazonia. Guardó su discurso más duro para recientes  escándalos, llamando a Temer “uno de los padres de la corrupción” y criticando a sus pares en el Congreso por “hacer la vista gorda… en nombre de la gobernabilidad”

Para el final del año, algunos líderes empresariales escépticos anteriormente, en Brasil y en el extranjero, estaban empezando a cambiar su visión. Uno describió a Bolsonaro como una “defensa de último recurso” si a Lula no le impidieran cumplir con sus problemas legales y aun así encabezara las encuestas a mediados de 2018. El mensaje de ley y orden de Bolsonaro también mostraba signos de estar prendiendo en el empobrecido noreste, la base tradicional de Lula, pero que también tiene los mayores incrementos en las tasas de homicidios en la última década. Una nueva encuesta mostró que el ejército es ahora, con mucho, la institución más respetada de Brasil, mientras que la satisfacción con la democracia es la más baja de todos los países de América Latina.

Mientras estaba terminando mi viaje al país en septiembre tuve una interesante conversación con el conductor de un Uber acerca de fútbol, la cultura de playa de Río y el jazz. La conversación fue cambiando hacia negocios y él me dijo que su paga había bajado un 40 por ciento. Me dijo que amplias zonas de la ciudad estaban fuera de control por los asaltos y los tiroteos. “Ves esta decadencia, la crisis moral, estos políticos que roban y no hacen nada por nosotros”, dijo, moviendo la cabeza. “Estoy pensando en votar por alguien completamente nuevo”.

“Quién?”, le pregunté.

Él me miró en el espejo retrovisor y sonrió. “¿Has oído de Jair Bolsonaro?”

  • Brian Winter is editor-in-chief of Americas Quarterly and the vice president for policy at Americas Society/Council of the Americas. A best-selling author, analyst and speaker, Brian has been living and breathing Latin American politics for the past 20 years.

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